Por: Manuel Hilario Cantú Rodríguez

Terminé la jornada, cerré el restaurante y me dirigí a tomar El búho, no pude quitarme la idea de que me iba a subir a un depredador, sabio pero con gusto a carne. La parada con iluminación correcta. Pasó una patrulla ynos saludo de lejos; premonición: la policía ronda donde pasan cosas y esas cosas son de sangre.

Un rasguño en mi brazo me avisa: una mujer, piernas largas, cabellera igual, caderas escurridas. Sostiene la mirada en la noche como si todo fuera un recoveco. La miro, ella dirige sus ojos hacia un anuncio. 5 minutos de retraso.

Por fin llega el camión. La luz del interior nos advierte que nos vigilan por nuestro bien. El chofer amable a punto de entrenamiento, sonríe, sus dientes en desorden bucal se muestran. Me siento atrás de la mujer de cabellera larga.

El camino se inicia, parada tras otra suben clientes. La mujer sigue en su asiento, delante de ella, justo a lado del chofer un hombre, de estatura mediana, parece mesero de algún restaurante de la zona. Cansado cierra los ojos, piensa en su mujer o en su amante, lo delata el labio húmedo. Sus manos se crispan en un abrir de ojos.

En el otro extremo un joven, no se ve su trabajo. Recorre cada uno de los locales o casas que pasan veloces. Nada importante, la cabellera larga me roza las piernas. Es un vaivén de melena, extiendo la mano y toco suavemente, lástima que el cabello no sienta. Necesita ser jalado para saber del toque. Una vuelta más.

Dos cuadras adelante la mujer baja. La observo detenidamente, nuestros ojos chocan, entonces sus labios se deforman quiere decirme algo: A T E N E A.

Llego a mi esquina, le aviso el chofer, no pasa nada, no se detiene, no cambia la velocidad, el camino se hace largo, no termina, la noche se extiende.

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