Por Ángeles Rodríguez Castillo
La primera vez que me encontré con la película Agito, el del cabello plateado (Gin´iro no Kami  no Agito, en japonés; Origin, en inglés) fue por mera fortuna. Luego de un fracasado intento por asistir a una muestra de cine del director japonés Hayao Miyasaki, busqué alguna cinta del mismo cineasta. Fue entonces cuando di con la obra de Keiichi Sugiyama, Agito, el de cabello plateado, que se asomaba al lado de las creaciones de Miyasaki. Aunque su estreno fue en el 2006, yo no la vi hasta este año.
La trama de la cinta se centra en una visión postapocalíptica de la sociedad actual. La causa del desastre de nuestros días deambula entre una explicación científica y un origen fantástico, en sus diferentes acepciones, tanto en el sentido de la ruptura con las leyes naturales,y también como calificativo de lo sorprendente y magnifico. En el inicio puede escucharse un poema que narra el origen de la catástrofe para después mostrar las circunstancias en el que el mundo ha subsistido. La raza humana se ha sometido a la fuerza de “El bosque”, quien posee carácter propio y determina las condiciones en que las personas vivirán, controlando su abastecimiento de agua y los límites de su hábitat.
El protagonista de la historia es Agito, un adolescente que es hijo del creador de Ciudad Neutral. El gobierno de ese lugar decidió vivir de forma pacífica con el bosque, respetando sus condiciones y actuando sumiso ante sus rabietas. Sin embargo, algunos residentes, como Agito, intentan saciar sus necesidades sin esperar la decisión del ente natural, por lo que el robo del agua es una acción cotidiana. En una ocasión, en un intento por tomar el líquido de ilegalmente, Agito encuentra unas cápsulas que han servido para salvaguardar a las personas del pasado. Es entonces cuando Toola despierta, ella es una adolescente que ha permanecido dormida por siglos y que no aceptará la relación que el humano ha implantado con la naturaleza. Esta misma renuencia es sentida por los pobladores de la ciudad Ragna, quienes alistan un frente bélico para recuperar la manipulación de la tierra y a la sociedad tecnológica que se perdió.
Aunque muchos catalogan a la cinta dentro del género de la ciencia ficción, yo no la encerraría en esa clasificación de manera pura, sino que encuentro una contaminación hecha por lo fantástico, y es este contagio lo que aumenta la riqueza de la obra.
En un principio, las razones que han llevado al cataclismo son de materia irreal, entendido esto como aquello no perteneciente a “la realidad conocida”, y jamás como “inverosímil”. Lo sobrenatural se abre paso para implantar el poder del bosque y darle las características de un sujeto pensante y de acción, rencoroso y benévolo algunas veces; que deja a unos cuantos hombres tener poderes mágicos, permitiéndoles proteger por sí mismos a su mundo.
La ciencia como elemento de origen aparece también de manera frecuente. Sin embargo, en la mayoría de los momento se supedita al poder sobrenatural. Si bien en el desenlace la manipulación biológica intenta implantarse como fuente de la trama, lo fantástico vuelve al desvanecerla. Se va más allá de lo logrado por la ciencia, todo gracias a la “magia”que adquiere el bosque luego de los científicos experimentaron en él.
La obra de Sugiyama presenta el choque entre la natural contra lo artificial, colocando a la primera de forma privilegiada. De esta misma forma conviven los géneros en los que la trama se mece, lo fantástico se coloca dentro de la naturaleza y siempre prevalece. La justificación científica, cuando ha quedado fija, termina con un detalle que es inexplicable por las vías de la razón; las acciones y factores que la rodean se escapan de la manipulación del hombre para culminar en lo sobrenatural. La estupenda realización japonesa abandera entonces un género híbrido que yo podría llamarlo Ciencia ficción fantástica.

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