Por: Alejandra Pedroza Marchena

Al fondo de esa puerta común de cantina que apenas deja mirar el interior se ve la silueta  de los chinos esponjados de Leo Wanabakoa, mientras hace sonar su saxofón que apunta al techo.

Leo sonríe, se acerca la boquilla, inhala y toca para amenizar los brindis en La Fuente, una de las cantinas más viejas de Guadalajara. Pero su lugar son las calles, insiste; le gusta que su música le llegue a cualquiera que pise las banquetas y que su pasión por el jazz aporte para que los peatones amplíen su oído musical.

“La calle es un reto,  es más fácil llegar a un escenario donde va a haber un reconocimiento, un aplauso. Prefiero la calle porque creo que aquí en México hay un problema cultural en el que predomina la música que normalmente difunden, entonces mi labor como artista es que también la gente de mi país conozca que hay música más allá de lo que nos bombardean a diario”.

Tocar música en la calle brinda la libertad de hacer propio el espacio público, sin embargo, esta expresión implica obstáculos  como dificultad para que los ciudadanos de a pie acepten el jazz y la falta de apoyo de las autoridades;  dificultades que Leo está dispuesto a seguir enfrentando para continuar su labor social a través de la música y así devolverle, de alguna manera, las gratificaciones que ésta le da.

El aliento del sax alterna con un piano para amenizar las carcajadas en La Fuente.  Leo Descansa. Le da un trago a su cerveza. Platica con los meseros y se prepara con otro trago para seguir tocando. Esto de hacer música es cosa de todos los días,  ese es su rumbo, de eso quiere vivir.

“Una persona que conoció su libertad, la libertad que como ser humano andaba buscando y que muchos no han encontrado por no escudriñar en su interior. Así defino a Leo el músico”.

Es su aspecto de “pachuco”, el brillo del charol de sus zapatos y esa silueta del saxofón en brazos lo que distingue a Leo, y esa vocación de difundirla en la calle, de ofrecerla gratis a cualquiera.

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