Vive Latino 2015. Segundo día.

Fotos: Edgar Sagra Texto: Eduardo Ramón Trejo

Lo exótico es ajeno; existe únicamente en los ojos de los demás, en los de afuera. Sólo en la comodidad del anonimato que ser parte de la masa brinda se pude perder la ilusión de civilidad con tanta facilidad. El ser estrambótico es liberador. Corretear semidesnudo con una máscara de luchador en la cabeza y lanzar cervezas a las cabezas de los desconocidos no es un acto de rebeldía, sino un símbolo de una especie de libertinaje programado que funge como válvula de escape a la prisión de la cotidianidad. En el Vive Latino nada es exótico.

El día comienza con un cielo de plomo y las bajas temperaturas lo respaldan. Aun así, las hordas parecen superar a las del primer día, preparadas con mejores abrigos e impermeables menos improvisados. Nada es un obtáculo con un poco de previsión. Tras una capa negra, Javier Martín del Campo escupe solos de guitarra empapados de la psicodelia setentera que revolvían a la persignada capital tapatía hace cuatro décadas. El rock primigenio en forma de La Revolución de Emiliano Zapata. Al momento de recitar el verso “Cada vez que veo salir el sol…” de “Mi Forma De Sentir” -autoría de Javi poco reconocida- , las nubes se abren y el sol incandece en un instante coreografiado, como en un acto de teatralidad divina. Él grita: “¡La Revo!”, y todos contestan: “¡A güevo!”.

Al mismo tiempo que Interpuesto predicaba con metal azteca “mientras más te conozco más quiero a mi perro”, Enjambre arrancaba gritos de las gargantas de los miles que lloraban al ritmo de las baladas melancólicas que los zacatecanos han puesto sobre la mesa del rock nacional. En un ambiente cada vez más asfixiante, San Cisco sorprendía con una Carpa Rockampeonato al tope, dejando claro con su indie australiano de alta costura que el lleno que registraron no era fortuito. Sin dar oportunidad de un respiro, El Columpio Asesino sumergió a la incipiente noche en un frenético ritmo minimalista. El ruido pantanoso, proveniente del post punk más irreveente y oscuro, se convirtió en un mantra que prometía un viaje en carretera y speed a Berlín para mantener el baile toda la noche.

La primera amenaza de lluvia apareció con el brillante saco de Brandon Flowers, quien se convirtió en un embajador itinerante que reviste las melodías de The Killers con versiones sobreinstrumentadas de los éxitos de la banda de Las Vegas. En un escenario alterno, Cuca aplastaba a las buenas conciencias de la caca pop con distorsiones titánicas y baladas oscuras a las señoritas con cara de pizza, invitando a los capitalinos a adentrarse a un bar tapatío de poca monta, cantando con dolor los sones impregnados de tequila y gritándole “Arre” a Lulú.

Como antiguos dioses ocultos en las montañas, Caifanes dio vida a los ríos de gente que migraban salvajes hacia el escenario principal. Rindieron culto a los caídos con un silencio de 43 segundos que pedía no dar cabida al olvido. Armados de viento, ojos de venado y células que explotan, hicieron honores al rock nacional que trata de reinventarse y no perder vigencia ante los tiempos que no dan tregua.

Tras los muros del titánico foro, Apocalyptica le daba un nuevo rostro al metal con las notas crujientes de los cellos, fundiendo la solemnidad de los sonidos clásicos con la oscuridad refinada que el trío de gigantes finlandeses ha moldeado a la perfección. Los Happy Mondays invocaron una regresión a la interminable fiesta ochentera, con beats que alimentaban la danza de maracas y sombrero de Mark “Bez” Berry. En la recta final, la gélida noche encrudeció los riffs que Mastodon asestaba sin clemencia contra los sobrevivientes del maratón musical que se niega a morir.

Aun quedan fuerzas para una última carrera…

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